Yasmina Jiménez

Ya estoy en Bolivia. Llovía con fuerza la noche anterior a mi partida de San Pedro de Atacama. En el lugar más árido del planeta las nubes descargaban con una furiosa tormenta por primera vez en cuatro años. Los atacameños paseaban felices por este pueblo chileno embarrado. Nunca antes había estado en un desierto. Nunca antes había visto un desierto mojado. Tampoco antes había disfrutado –y poca gente lo ha hecho- de un desierto nevado. Una visión extraordinaria retrasó mi salida de Chile hacia Bolivia: el volcán Licancabur y sus alrededores completamente blancos.

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Laguna Colorada en Bolivia. (Foto: W. F.)

Cuando por fin se abrió el paso fronterizo, las nubes encrespadas rodeaban las montañas que daban paso a un nuevo país en el viaje: Bolivia. La Reserva de Eduardo Avaroa, de casi 715.000 hectáreas, aguardaba pacientemente con su nuevo aspecto la visita de los viajeros que ansiábamos conocer sus lagunas, sus géiseres, sus flamencos… cada unos de sus decenas de paisajes diferentes.

La cara boliviana del Licancabur, de 5.868 metros de altura, se presta a encuadrar el terreno en el que yace una laguna de color esmeralda: la Laguna Verde. El tono, resaltado por los colores ocres de la cordillera, se lo otorga su alto contenido en magnesio. Nada tiene que envidiar a este depósito de agua verdosa la Laguna Colorada, cuyos colores rojizos combinan en perfecta armonía con los flamencos que habitan en sus aguas.

Este parque natural es una auténtica delicia para los sentidos. Paradójicamente, también es un lugar para sufrir, sin duda, el soroche o mal de altura. Mi primera noche en Bolivia la pasé en la laguna Colorada, ubicada a más 4.200 metros sobre el nivel del mar. La falta de oxígeno suele provocar dolor de cabeza, aceleración del ritmo cardíaco, malestar estomacal e, incluso, vómitos. Masticar hoja de coca o tomarla en infusión suele ayudar a aliviar los síntomas. Sin embargo, dormir mal la primera noche a esa altura es prácticamente inevitable.

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Imagen del Salar de Uyuni. (Foto: Pablo Barbieri)

Y así es Bolivia: bella y elevada. También es única. Como su Salar de Uyuni, un inmenso desierto de sal de unos 12.000 kilómetros cuadrados. Los bolivianos lo venden asegurando que es el único lugar del planeta cuyo brillo natural se observa desde el espacio. Como si hiciera falta salir de la Tierra para quedar absolutamente deslumbrado por la inmensidad de su blancura.

Recomendaciones para el viajero:

1. Si vas a visitar la Reserva Eduardo Avaroa y el salar más grande del mundo es posible hacerlo con agencias de turismo bolivianas en un tour de tres días. El estado de las carreteras y la inexistencia de señales convierten esta opción en la más aconsejable.

2. Este tipo de excursión incluye comida y alojamiento. Si además pagas por adelantado la entrada a las reservas naturales, asegúrate de que queda reflejado de alguna forma en tu factura. ¡Pagar dos veces puede arruinarte el viaje!

3. Los conductores de estas agencias suelen beber en exceso o quedarse dormidos. Varias cruces en el salar recuerdan a las víctimas de accidentes. Comprueba que tu agencia no trabaje los días de fiestas señaladas. ¡Evitarás disgustos!

Fuente: http://www.elmundo.es/elmundo/2009/03/25/sudamerica/1237970975.html